Hay cosas que uno nunca piensa que le pueden pasar a uno. Tener un accidente de tránsito, que te de cáncer,  perder un hijo. Y sin embargo, esas cosas pasan.

Hace una semana y media me hacían una eco en una guardia y el médico me decía que estaba todo bien, que me fuera a casa y que volviera al día siguiente. Cuando me desperté el lunes feriado, había perdido todo el líquido amniótico, que es lo que envuelve y protege al bebé. Se rompió la bolsa, y no había forma de sostener la vida del bebé ni dentro ni fuera de la panza, porque 4 meses no son suficientes. En unas horas, estaba internada, y esperando lo inevitable. Fueron tres días de escuchar los latidos del corazón del bebé y saber que no quedaba mucho tiempo en el que pudiéramos compartir lo que se comparte durante el embarazo. Al cuarto día ya todo había terminado y el quinto día me mandaron a casa.

No es mi intención darles detalles escabrosos ni revolcarme en el dolor y la tristeza que tengo. Sólo puedo decirles que nunca viví algo así, que nunca me pasó sentir un vacío tan grande, una impotencia tan gigante, una tristeza tan tan espantosa. Al mismo tiempo, el orgullo de tener al lado a un hombre como Gastón, saber que pase lo que pase estamos juntos y que juntos vamos a superar esto. Los amigos y la familia que acompañaron de manera increíble, como siempre, y como nunca. Sentir un profundo agradecimiento por estar rodeada de tanto cariño y sentirme tan cuidada.

Sentí que de alguna forma tenía que contarles esto, así que acá está. No tengo nada más que decir, sólo esperar que el bebe esté en un mejor lugar, que si existe un Dios y sus santos, Santiago se haya convertido en uno de ellos, y si no existe, que sea energía, o que sea lo que sea, pero que todo ésto haya sido porque era lo mejor para él.

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