El tema es que a mi novio de esa época lo torturaba con el cigarrillo. Lo perseguía y le preguntaba si había estado fumando. Él se escondía de mi para fumar, porque me tenía miedo (desde chica tuve esa habilidad: lograr que mis novios me tengan miedo). Y cada vez que me daba la mano, me la llevaba a la nariz buscando rastros de olor a algún cigarrillo fumado a escondidas. Él a veces me negaba que hubiese fumado, a veces se enojaba y a veces me daba besos para que no siguiera hablando. Yo me indignaba y lo retaba porque "no hay que fumar". Un año después era yo la que fumaba.
Lo que yo nunca le dije y nunca le confesé es que, por las noches, después de dejarlo a él y cuando me iba a dormir, el olor a cigarrillo que se había transmitido del pucho a sus dedos y de sus dedos a los míos actuaba con igual efecto que un pañuelo con su perfume. Era mi lugar feliz, mi borde de sábana dobladito haciéndome cosquillas en la cara (si no entendés esa referencia, algún día te la explico). Yo olía mis manos y me acordaba de él y era feliz.
Este es el mismo novio que tiempo después me dejó diciéndome que era demasiado melosa, cosa de la que me acusaron por primera y última vez en mi vida. No era melosa, pelotudo. Estaba enamorada. Tan enamorada que el olor a pucho que vos me transmitías me parecía el mejor olor del mundo.
