Llegar a Buenos Aires es algo único. Llegar a Madrid es como llegar a casa. Llegar a Italia es como pisar suelo argetino. Llegar a Londres es una locura.
Londres fue tormenta, como siempre, pero tormenta de esas copadas, de las que dan gusto. Gente, mucha gente, por todos lados, y Covent Garden, bendito Covent Garden. Camden Town y un encuentro con Mario Pergolini, seguido de mi tupé al decirle "Qué hacés acá?" y él diciendo "Lo mismo que vos" (y yo le agrego un "boluda" que él, muy amablemente, no dijo).
Después vino Roma, el Papa, un par de lágrimas de emoción y pensar que si hubiera sido Juan Pablo II no hubiera podido con tanta sensación. La Capilla Sixtina, Trastevere, la Fontana de Trevi y la monedita y un deseo, siempre el mismo deseo.
Venecia fue olor y gondolieris a los gritos, fue el Ghetto Judío y vaporetos. Callecitas, dos horas para una vuelta entera y cervezas y bruschettas, las más ricas que comí en mi vida. ¡Qué tomate!
Italia fue pasta, pizza, hostels sucios y cayéndose a pedazos pero gente copada, muy copada. Yanquis, australianos, argentinos (mucho argentino), colombianos, de todo lo que quieras, un poco.
Después vino Madrid, de nuevo, y el shopping, nuestro gusto de cada año. No imaginan el placer de hacer shopping en Madrid. Poder elegir sin preocuparte por si hay o no de tu talle, precios lógicos (no como acá que te cortan la cabeza por una remera que al segundo lavado está deformada), amabilidad por todas partes.
Ayer volví a casa, a mi casa, esa en la que me esperaba G., la mejor de las casas. Volví con un premio laboral bajo el brazo y el placer de haber conocido un poco más de este planeta. Volví con la idea siempre de volver al viejo mundo, a esas calles chiquitas, a ese mundo tan distinto. Volví agradecida de tener esta oportunidad anual de visitar Europa, agradecida porque la vida es generosa conmigo.
(Les prometo las mejores fotos en los próximos días, necesito acomodarlas un poco!)