miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vos fumá

Cuando tenía 13 años estaba de novia con un chico de 14 que fumaba. Yo todavía no fumaba y era de esas pendejas que se pasaban la vida con su moralina de "no hay que garchar", "no hay que tomar alcohol", "no hay que fumar". Por suerte después vino la adolescencia y la adultez y aprendí a disfrutar de estas cosas en su medida.

El tema es que a mi novio de esa época lo torturaba con el cigarrillo. Lo perseguía y le preguntaba si había estado fumando. Él se escondía de mi para fumar, porque me tenía miedo (desde chica tuve esa habilidad: lograr que mis novios me tengan miedo). Y cada vez que me daba la mano, me la llevaba a la nariz buscando rastros de olor a algún cigarrillo fumado a escondidas. Él a veces me negaba que hubiese fumado, a veces se enojaba y a veces me daba besos para que no siguiera hablando. Yo me indignaba y lo retaba porque "no hay que fumar". Un año después era yo la que fumaba.

Lo que yo nunca le dije y nunca le confesé es que, por las noches, después de dejarlo a él y cuando me iba a dormir, el olor a cigarrillo que se había transmitido del pucho a sus dedos y de sus dedos a los míos actuaba con igual efecto que un pañuelo con su perfume. Era mi lugar feliz, mi borde de sábana dobladito haciéndome cosquillas en la cara (si no entendés esa referencia, algún día te la explico). Yo olía mis manos y me acordaba de él y era feliz.

Este es el mismo novio que tiempo después me dejó diciéndome que era demasiado melosa, cosa de la que me acusaron por primera y última vez en mi vida. No era melosa, pelotudo. Estaba enamorada. Tan enamorada que el olor a pucho que vos me transmitías me parecía el mejor olor del mundo.


martes, 27 de septiembre de 2011

Entrar y salir de fase

La primera vez que escuché "Amar la trama más que el desenlace", de Jorge Drexler, me quedé fascinada por el concepto tan simple y a la vez tan significativo de su letra.


Camino por Madrid en tu compañía,
Mi mano en tu cintura,
Copiando a tu mano en la cintura mía.

Algo en la melodía, sumado a las palabras justas, hicieron que amara el tema desde esa primera vez que lo escuché. 

Y sin planearlo tú acaso,
Como quién sin quererlo va y lo hace,
Te vi cambiar tu paso,
Hasta ponerlo en fase,
En la misma fase que mi propio paso.

Lo que empezó como una descripción de una situación típica de pareja, terminó en trasladar ese concepto a los distintos momentos que atraviesa una relación. 

Ir y venir, seguir y guiar, dar y tener,
Entrar y salir de fase.

Por que, al fin y al cabo, la relaciones entran y salen de coordinación, y aún en los momentos en que todo parece fuera de lógica, fuera de lugar, hay una mano que guía, otra que se deja guiar, para luego hacer el cambio y convertirse el guía en guiado.

Fue un salto ínfimo
Disimulado,
Un mínimo cambio de ritmo apenas,
Un paso cambiado.

Será que, cuando las cosas no cierran, cuando no todo es perfecto, es cuando uno de los dos tiene que pegar el saltito, acomodarse al paso del otro, llegar al otro, alcanzarlo y volver a caminar en la misma fase.

Ir por ahí como en un film de Eric Rohmer
Sin esperar que algo pase.
Amar la trama más que al desenlace.





lunes, 19 de septiembre de 2011

Me gusta

Si en la vida real hubiera botones de "Me gusta", le podría sin dudar uno a cada abrazo que nos damos a la mañana cuando todavía estamos dormidos; a cada vez que lavás los platos; a cada vez que me buscás un ibuprofeno y un vaso de coca porque me duele la cabeza; a todos tus besos; a esos momentos en los que me doy cuenta de que me estás escuchando pero no me estás mirando a los ojos sino a la boca mientras te cuento algo; a tu cola, a tus ojos y a tu pelo; le pondría "Me gusta" a tu risa que sale de adentro y a tus intentos de generarme escalofríos tirándome de los pelitos en la nuca; le daría con el botón a las veces en que me preguntás algo porque no sabés hacerlo solo o no querés o creés que yo puedo hacerlo mejor; pondría "Me gusta" en tus intentos de calmar mis dolores de ovarios dándome calor con las palmas de tus manos y, claro, a los masajes que inventaste para "calmarme el hipo". Me gusta, me gusta, me gusta.



jueves, 15 de septiembre de 2011

Tener un yeso, usar aparatos fijos y necesitar anteojos

Cuando era chica, soñaba todos los días con tener un yeso. No era por el hecho de quebrarme una parte del cuerpo, cosa que nunca pasó, sino porque tener un yeso era algo especial. Todas queríamos tener un yeso. Todas.

Los anteojos eran otra de las cosas que todas soñábamos con tener que usar. No sé si era cool o qué, pero tener que usar anteojos era algo que estaba bueno en esa época.

De los aparatos fijos mejor ni hablar. ¿Quién no tuvo alguna vez el sueño de tener que usar esos cosos monstruosos que estaban hechos para arreglarte los dientes pero que en realidad eran una excusa para elegir colores de paladar divertidos y jugar con los aparatos en la boca todo el día?

El yeso nunca llegó, los aparatos fijos no fueron necesarios y los anteojos, que ahora tengo que usar porque sino me llevo puesto todo lo que se me cruce por delante, son una de las cosas que más detesto.

El otro día le contaba a un amigo acerca de cuánto quería yo tener un yeso cuando era chica y me miró con cara de "¿vos estás loca? ¿qué problemitas tenías de chica?". Yo pensé que era algo que le pasaba a todo el mundo. Empecé a investigar y parece que no, que no todos compartían los mismos anhelos en su infancia, aunque, ojo, encontré a varios que sí.

¿Vos soñabas con tener alguna de estas cosas? ¿No te parecía lo mas copado del universo tener un yeso todo firmado y dibujado por tus amigos?



lunes, 12 de septiembre de 2011

1.000 grullas

Dicen que cuando uno hace 1.000 grullas de papel, se te concede un deseo. Creo que si después de pasarte horas haciendo grullas no te dan al menos un deseo, la vida es demasiado injusta.

Cuando estuve en Londres, hace unos meses, no entré a ningún museo. Sólo visitamos uno: el Victoria and Albert Museum, no porque el contenido estuviera bueno, sino porque nos recomendaron el Gift Shop. No puedo explicarles las cosas divinas que había ahí. Era como el paraíso para los que nos dedicamos a coleccionar cosas inútiles pero lindas (tengo debilidad por esto). Entre esas cosas, había un librito de Origami que venía con instrucciones y papeles para trabajar. Sabía que el origami no era lo mío, ya lo había intentado antes y los resultados nunca fueron buenos, pero el librito era tan lindo y los papeles tan perfectos que no pude resistirme y lo compré.

No miento si digo que uno de los principales motivos por los que quería volver a casa era tener tiempo y espacio para dedicarme a hacer esas figuras increíbles que mostraban en el librito. Parecía todo fácil, rápido, casi como soplar y hacer botellas (que dicen que en realidad no es tan simple como suena el dicho). Claro, primer intento frustrado. Segundo intento frustrado. Tercer intento frustrado. A la mierda el origami, la paciencia, las ganas y los dibujos de mierda que no explican nada. El cuadernito quedó guardado esperando una mejor vida.

Hace unos días, mi hermana me dijo que para el cumple de mi sobrina pensaba decorar todo con origami. Me acordé del librito. Lo busqué por todos lados hasta que G. lo encontró (en un lugar que yo había mirado 5 veces y no había encontrado nada) y me puse a trabajar en las grullas que, de a poco, empezaron a salir mejor. Puedo decir ahora, orgullosa, que llevo al menos 80 grullas en mi haber. Vamos por las 920 restantes para que se me cumpla un deseo.


Algunas de las grullas que hice. No serán perfectas pero ¿no son divinas?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Esta ya la hicimos

Estoy segura segurísima de que ya escribí sobre esto muchas veces, demasiadas veces tal vez, pero es algo que no deja de sorprenderme y, además, la creatividad se pone al servicio y las posibilidades se renuevan constantemente.

Estoy hablando, claro, de las cosas por las que te dejan, las excusas que se inventan, los motivos que se dibujan. No es que todos prefieran que les digan la cruda verdad y los dejen a son de un "ya no te quiero" pero la verdad es que muchas veces nos pasamos con las explicaciones y justificaciones para la ruptura.

Es gracioso cómo, pasado un tiempo, empezamos a ver la realidad, el pasado, de dos formas posibles:
1- Lo vemos tal cual fue, sin el tinte de las emociones
2- Lo vemos más desdibujado aún, interpretando y redibujándolo todo

Ya, como les dije, les conté de aquellas frases que quedarán para la historia por encontrarse entre los motivos más ridículos de esa decisión unilateral de abandonar una relación que debe ser, a todas claras, siempre bilateral. No tiene sentido ahora lastimar más mi ego recordándolas para el beneficio de éste post. Si tiene sentido, sin embargo, que ustedes compartan conmigo sus experiencias. A veces pienso que aquellos que leen regularmente este blog saben demasiado de mi y yo no sé nada de ellos, salvo en algunos casos en los que también cuentan con blogs personales y tengo la oportunidad de espiarlos un poco.

Así que cuenten, compartan, hagan que no me sienta tan sola. ¿Cuál fue el motivo más ridículo que escuchaste mientras te estaban dejando?


martes, 6 de septiembre de 2011