Cuando todavía vivís con tus viejos, la posibilidad de irte a vivir sola y tener tu propia casita suena como el paraíso. Pensás que todo lo que necesitás para ser feliz se materializará en ese monoambiente que apenas podrás pagar pero que te traerá toda la paz.
El día que decidí irme a vivir sola empecé a ahorrar todo lo que pude para comprarme, mínimo, una heladera. No es que haya tenido que salir a buscar departamentos. Casi como un anillo caído del cielo justo en mi dedo, me ofrecieron este departamento que supo ser de 1 ambiente, ahora convertido en dos. Chiquito, con baño, cocina "integrada" (lo que significa que se te llena todo de humo cada vez que hacés un bife), un cuartito mínimo y un lugar de estar. No estaba vacío: venía con una cama de plaza y media y un futón que los dueños anteriores, mi primo y su mujer, no habían querido llevar a Brasil cuando se mudaron. Además, un aire acondicionado, el primero de mi vida, que también había quedado puesto.
El precio más que especial que me hicieron fue lo que permitió que pudiera irme a vivir a este departamento con un sueldo de, apenas, $1200 pesos. No me pregunten cómo pero durante un año viví con menos de $10 pesos por día (más $70 que mi hermano me regalaba en tickets para el supermercado). Tuve momentos de endeudarme un poco, tuve épocas en las que apenas me alcanzaba para ir a trabajar y volver, tuve semanas de comer con $3,5. Después, cambié de trabajo y mi sueldo mejoró un poco. Finalmente, me puse de novia y con al tiempo, junto con mi sueldo mejorado, se incorporó un ingreso a la nueva formada familia, y pude (pudimos) vivir mejor.
Nada de esto importaba, igualmente. Yo era feliz. Era feliz aunque no pudiera comprarme unas botas nuevas, aunque no pudiera salir todos los fines de semana, aunque tuviera que decir que no a la mayoría de los programas a los que era invitada. Yo era feliz. Tenía mi casa, con sus paredes de colores, una roja y la otra verde. Tenía mi camita, tenía mi futón destrozado, tenía el aire acondicionado que chorreaba.
Después, tuve una semana en la que el agua decidió no circular por mi depto. Al tiempo, un buen día, me quedé sin luz y durante dos meses viví así, a oscuras. Luego, el gas decidió ser protagonista de la historia y decidió abandonarnos (porque ya eramos dos) por más de tres meses. Claro que desde siempre tuve a mis mejores amigos acompañándome en todas estas situaciones: los murciélagos que decidieron que mi casita también les quedaba perfecta a ellos. Además, tuve la mala suerte de que justo cuando yo me mudé, decidieron empezar con los arreglos de todo el edificio, lo que significó un gran incremento en las expensas durante los próximos años.
La cosa es que la fantasía de tu casa y tu lugar se mancha de vez en cuando. Yo lo sabía. Sabía que no iba a ser todo perfecto. Pero, estadísticamente hablando, ¿cuántas posibilidades hay de que en menos de tres años un mismo departamento pase por todas estas cuestiones? Porque, además, no les conté que este año la administración decidió que prender la caldera era demasiado caro y pasé meses congelada. No sólo porque no tuviéramos la calefacción central sino, además, porque el depto quedó sensible después del tema de la electricidad y cualquier caloventor común hacía que saltara la térmica. Un día, incluso, llegué a casa y me lo encontré a G. sentado en la computadora con la campera puesta. ¡Hacía más frío adentro de la casa que afuera! Ese día decidí comprar la Ecosol, una placa de cerámica que, supuestamente, iba a solucionar todos mis problemas. Recién a las dos semanas empezamos a notar el cambio, pero durante esos primeros 14 días, juré que, una vez más, me habían cagado (la historia de la calefacción este año es eterna y está rodeada de compras fallidas, pero otro día se las contaré).
Mis paredes de colores siguen estando. Mi casita sigue siendo mía. Con el tiempo, fui incorporando más cosas mías y menos cosas prestadas. Ahora tenemos una tele copada, una cama grande, varios electrodomésticos (plancha incluida), toallas, sábanas y todo lo necesario para cocinar. Me compré el lavarropas, lo que me hizo feliz, y ya terminé de pagarlo.
Porque ese fue otro tema: la ropa. Al principio, iba una vez por semana a lo de mis viejos con el bolso cargado de ropa. Lavaba y volvía con la ropa mojada para colgarla en el tender que se desplegaba en el baño. Luego, decidí que era más práctico llevar todo al Laverrap y grande fue mi susto cuando pensé que estaba engordando demasiado rápido, aunque la calma llegó cuando me di cuenta de que, en realidad, era el maldito Laverrap el que me achicaba la ropa con el secador.
Como sea, vivir sola (y después acompañada) está bueno. Es un aprendizaje continuo, implica un sacrificio y esfuerzo grandes y una fuerza de voluntad importante. Pero está bueno.
Sin embargo, hay que estar preparado. Preparado para tener que pensar qué cocinar todos los días. Preparado para hacerte cargo de lo necesario cuando se rompe todo. Preparado para espantar murciélagos cuando se meten en tu casa. Preparado para despertarte hecho un nudo porque te quedaste dormido viendo tele en el sillón y no estaba tu vieja para avisarte que te pasaras a tu cama.
Vivir solo es mucho más que vivir solo. Es vivir acompañado de uno mismo y aprender a convivir con eso. Es bancarte que, cuando estás enfermo, nadie más que vos puede salir a buscar los remedios. Vivir solo implica hacerte cargo de tu vida al 100%.
Algunos lo hacen cuando son muy chicos. Otros lo hacemos a una edad más avanzada. Yo tenía 27 años cuando finalmente me fui de casa. No lo hice por necesidad ni por presión. Lo hice por gusto. Cuando todos me decían que aproveche para tirarme el sueldo encima, yo decidí que era mejor alquilar. Y fui feliz, muy feliz. Mi casita de San Martín siempre va a ser muy simbólica para mi.
No sé si algún día, espero que si, me mudaré. Ya tengo ganas de estar más cómoda. Tengo ganas de un balcón y de macetas con flores, aunque sé que se me morirían en cuestión de días. Pero tengo ganas. G. no quiere saber nada. Seguimos pagando precio preferencial y, con toda la lógica, prefiere ahorrar para, el día de mañana, comprarnos algo. Yo lo veo como algo tan imposible (eso de salir con el cartel de Dueños en la publicidad) que prefiero pagar más caro por una calidad de vida mejor.
Sea como sea, y por el tiempo que me quede por vivir, "siempre tendremos San Martín".