Cuando una se acostumbra a la soltería y la postura necesaria para mantenerse frente ante los ataques de ésta, cuesta mucho volver a ponerse en el papel de novia, pareja o concubina.
El tema es el siguiente: una amó, creyó, se entregó y luego le rompieron el corazón. Suena lógico que la primer reacción ante un estímulo externo, que implique más compromiso que una noche de verano, sea cubrirse en el papel de soltera independiente,
super poderosa y sin sentimientos.
La realidad es que por dentro solemos morir de ganas de conocer a una persona que nos quiera como queremos que nos quiera, que nos cuide, que nos malcríe, que nos dé algo más que un par de abrazos y besos. Pero da miedo. Porque una aprendió y se prometió a sí misma nunca más volver a caer en esa trampa. Porque ya pasó por la de "te llamo" seguida por un silencio de tumba. Porque ya conoce la historia de los amigos con derecho a roce que terminan en amores no correspondidos.
Entonces llega alguien diferente, que se juega por vos, que te dice que te quiere, y lo dice de verdad, y te cuida y se pone las pilas. Y es lógico que al principio una se niegue. Cuesta creer que haya alguien que realmente sienta todas las cosas que dice. Porque una está acostumbrada a escuchar palabras vacías. Porque una tiene el
autoestima lastimada. Pero, aunque se resista, si el otro insiste, apenas un poco, la cáscara se rompe y entra como agua contenida que de golpe es liberada.
Y pasa el tiempo, y después de un año y medio una se da cuenta de que valía la pena. Todo. Vivir la soltería con los dolores que implica. Conocer a todas esas personas antes de elegir a una sola. Disfrutar de las etapas a medida que suceden. Porque al final una encuentra esa persona que hace que tu hogar esté donde esté él. Porque una aprendió y ahora elige mejor. Porque los códigos internos que se generan, las risas que se comparten, las miradas que se conocen, valen la pena.
Y no, no festejo San
Valentín. No festejo estar enamorada de él sólo este día. No espero un gesto grandilocuente de su parte cada 14 de febrero. Me alcanza con los gestos chiquitos que tiene todos los días. Con que sepa instantáneamente cuando no estoy bien; que me abrace cuando lo necesito; que baje las series que me gustan. Me alcanza con que se esfuerce todos los días por hacerme sonreír, al menos unos segundos. Porque eso basta. Basta para mi.