El día que decidí que quería aprender a volar fui con mi viejo a la escuelita de vuelo que quedaba a la vuelta de casa. Me acuerdo de la emoción y de la mirada cómplice pero asustada de mi viejo.
"No es fácil, eh? No te desesperes si no volás a la primera vuelta!".
Yo sabía que no era fácil, pero sabía que podía hacerlo.
Cuando llegamos, nos recibió el director de la escuelita, que también era el instructor y único miembro de la escuelita. "Estamos empezando", nos dijo a modo de disculpas.
- Cuando termine el curso, voy a poder volar por cualquier parte?
- Pero claro! Qué sentido tendría poder volar y no hacerlo en cualquier lugar?
- Bueno, es que soy nueva...
- Si, me doy cuenta.
Después de 5 horas de explicaciones técnicas y muestras en una vieja video casetera, el instructor/director/único miembro me miró con cara de excitación y me dijo: ok, estás lista.
Subimos los 3 (papá estaba todavía acompañándome) hasta la terraza del edificio. 25 pisos en total. El aire arriba era diferente. Tenía olor a vuelo y mis ganas por hacer la primer prueba eran cada vez mayores.
"Mirá, tenés que pararte así, en puntitas de pie, ves? Y esperar. Esperar es la clave. Cuando sientas que estás lista, y tus pies te pidan saltar, recién ahí vas a volar", me dijo el instructor.
Yo me ubiqué en la forma indicada, al borde del edificio y miré el cielo (papá me había recomendado 1000 veces que no mirara abajo). Esperé y esperé pero no pasaba nada. Hasta que de a poco, empecé a sentir un cosquilleo en las piernas. Los brazos comenzaron a extenderse con fuerza propia. Sentí que estaba lista para volar. Algo raro empezó a pasar y mi cuerpo de golpe sintió una fuerza propulsora que le pedía a gritos que cesara la resistencia y se entregara al vuelo.
Y entonces salté. Y entonces volé. Y lo último que recuerdo haber visto es la cara de orgullo de papá cuando me vio volar. Yo, su hija del medio, finalmente había despegado.