Martes de Agustín: El intermedio

(Este post originalmente tenía varios links a NSYSV para que entendieran mejor, porque acá empiezan a convivir el blog y mi vida, pero lamentablemente tuve que eliminarlos)

Un tiempo después, mayo para ser más precisos, yo ya estaba viviendo sola. Inundaba mis fines de semana de soltera con temporadas completas de Lost, y algún libro. Al principio no tenía cable, mucho menos Internet. Salía de trabajar a las 3 de la tarde, y tenía todo el día para compadecerme de mi misma y llorar por el estúpido que se había mudado a la vuelta de mi casa (Estúpido = I.)

Los primeros cuatro meses post I. fueron terribles. Mis amigas, todas de novias o casadas, siguieron con su vida normal, y yo de repente me sentí sola. Terriblemente sola. Los días de semana se pasaban demasiado rápido, y los sábados y domingos parecían no terminar nunca.
Yo, que odiaba mi trabajo más que nada en el mundo, no veía la hora de que llegara el lunes para tener que ir a trabajar, y olvidarme por un rato de I. Y sin embargo, él seguía presente. Me perseguía mentalmente, y físicamente también.

No sólo se mudó a la vuelta de mi departamento nuevo, sino que, dado que seguíamos viéndonos en una especie de "relación free", salíamos de compras juntos, cada uno eligiendo cosas para su propio departamento. Explicar la locura de esa relación es imposible. De repente, yo, que había sido su objeto de deseo durante siete años, me había convertido en la que lo buscaba, la que le pedía por favor otra oportunidad, la que lloraba y rogaba y suplicaba por un poquito de su amor.
Él cedía ante cada uno de mis impulsos. Si lo llamaba, estaba. Si le hablaba por el MSN, me contestaba. Si quería garchar, garchábamos. Pero de estar juntos, realmente juntos, ni hablar. No me quería a su lado, pero tampoco me dejaba ir.

Yo juraba que manejaba el asunto. Que no me hacía mal verlo, estar con él, hablar con él. Negación total. Mis amigas no sabían qué más decirme, ni cómo hacer para que yo me diera cuenta de lo que estaba haciendo. Pero claro... si yo no quería verlo, nadie más iba a lograr que lo viera.

Y llegamos incluso a contarnos con quién estábamos, qué hacíamos con otras personas, si habíamos salido con este o con aquella. Enfermos totales. Ni hablar. Pero algo me decía que tenía que aferrarme a lo poco que él me daba. No era mucho, no era nada, incluso restaba. Pero para mi era todo.

Hubo situaciones en el medio que son demasiado largas para contar, pero un buen día abrí mis ojos y me di cuenta. Estaba en el trabajo, y mientras hablaba con él por el MSN, me dijo algo, no recuerdo qué. Y en medio de la oficina, empecé a llorar. Tuve que irme al baño, limpiarme la cara, y tratar de disimular. Y me di cuenta. No era posible que estuviera así. No podía dejar que las cosas siguieran así. Me estaba destruyendo, y no íbamos a ningún lado.

Pero yo no soy tan fuerte como para hacer que las cosas cambien. Y le dije a él que me ayudara. Le pedí por favor que no cediera ante mi. Que no me diera más lo poco que me daba. Que me dejara ir, porque era la única forma en la que yo podría dejarlo ir a él también.

Ese pedido, más un "chisme" contado por un familiar fueron lo que ayudaron a que empezara a olvidar. Lo habían visto. Acompañado. Despidiéndose de una chica, una pelirroja, a los besos en la entrada del subte. A la vuelta de MI casa. En MI barrio, donde él vivía totalmente colado. A la misma hora en la que, se suponía, iba a venir a mi casa.

Y ese día empecé a entender que no había vuelta atrás. Que de alguna forma tenía que seguir adelante, sin él. Porque, por más renga que me sintiera, por más que me faltara la mitad de mi mundo, tenía que acostumbrarme y encontrar un bastón. "La realidad es esta, hacete cargo".
Fueron meses donde Agustín no se cruzó por mi cabeza. Yo estaba, definitivamente, en OTRA. Y un día de esos terribles, pero quizás de los últimos terribles por culpa de I., me llegó un mensaje de Agustin:

"Tengo muchas ganas de verte".
"Venite el fin de semana" le contesté.

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