Dos en la ciudad

Venía al trabajo en el colectivo y vi en la puerta de un bar cómo una familia entera desmantelaba su casa. Su casa es un decir, ya que no eran más que un conjunto de cartones y cajas y colchas viejas.
Era la familia tipo: el padre, la madre y dos hijos, un varón y una mujer. Y mientras los miraba despertarse en medio de una ciudad ya en pleno movimiento, pensaba en el futuro de los hijos.

Mis viejos siempre se esforzaron por darnos todo. Todo lo necesario para vivir. Y fundamentalmente, nunca nos faltó nada. En mi flia tuvimos épocas de mayor y de menor comodidad económica, pero nunca faltó la comida o la ropa.
Y principalmente, nunca nos faltó educación, preparación. Mi viejo siempre me dijo: "Vos estudiá y preparate, eso es lo importante". Mi vieja siempre me dijo: "Si es para un libro, o para estudiar, de alguna forma siempre vas a tener la plata que necesites".

Y yo pensaba en esos dos chiquitos, que seguramente crecerán en la calle, y nunca irán al colegio, mucho menos a un terciario o universidad. Y sentí que el sistema está tan corrupto que las chances que hay de que ellos zafen de ese futuro son practicamente nulas.

El contraste entre mi vida y la de ellos me dio escalofríos. Me dio bronca por mi misma, por no saber aprovechar al 100% las oportunidades que me dio la vida, por no ser tan agradecida como debería, por no hacer más para ayudar a los que menos pueden o tienen.

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